Conocí a Mario “Cococho” Jiménez cuando ya había dejado la actividad profesional, pero seguía ligado al fútbol, su pasión. ¡Querido amigo! Perdón por hacerlo por este medio, sé que no podré hacerlo de otro modo, las lágrimas y el dolor no nos dejarían coordinar las ideas, esas mismas lágrimas que derramaste de alegría en La Bombonera vistiendo la casaca de tu San Martín querido, en aquel histórica 6 a 1, que nos llenó de orgullo al pueblo Santo. No conforme con tanta entrega y orgullo quisiste, te propusiste y lograste organizar una gran fiesta popular, gratis, para todos tus vecinos del Barrio Los Pinos. Fuimos compañeros de trabajo y amigos en la Municipalidad capitalina. ¡Hermano querido! El destino, la vida, la injusticia o la inconsciencia de tantos antivida-antivacuna lograron que te cometieran el penal más alevoso y cruel, te dieron dónde duele más, te partieron el alma en dos, no te dieron la opción a elegir. Conociéndote, sin pensarlo hubieras elegido ser vos el contagiado con el maldito virus y que se salve tu hija Daiana que en sus 32 años cosechó cariño, amor y se llevó consigo una tonelada de sueños, esperanzas e ilusiones. Pero te dejó lo mejor de ella  sus ojos, su voz y su corazón en Guillermina, su hija, por la que entregó su vida. ¡Cococho querido!, guerrero de mil batallas, marcador con temple de acero, hoy te toca jugar el partido más importante de tu vida, debés reemplazar a tu hija, estás lesionado, tenés una herida en el corazón, llora, sufre, aguanta, pero no te detengas, sigue adelante, tu nieta es la meta. Los ídolo también lloran, pero mueren de pie, las lágrimas de un campeón, llegan a Dios y su consuelo no se hace esperar. Acompañamos y respetamos tu profunda tristeza, contá con nosotros. ¡Fuerza Campeón de la Vida!

Francisco Amable Díaz

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